Noviembre iba llegando a su fin y el
mayor período de estrés del año comenzaba, las pruebas integradoras, los
exámenes, la falta de atención de los chicos con buenas notas, los ruegos y
demandas de aquellos que deberían ir a mesa de examen, en fin, todo el asunto
escolar que agobia a cualquier docente cerca del fin de curso.
Y, además, agregaba a mis
preocupaciones a Alex. Su trabajo la tenía superada, pero una situación la
afectaba aún más, Dante. El hermano de Castiel estaba al borde de la expulsión,
sus notas estaban en el límite, su registro de asistencia estaba en rojo y el
antecedente de ser el hermano de uno de los estudiantes más rebeldes que ese
instituto había tenido no lo ayudaba demasiado. La directora lo tenía entre
ceja y ceja y, esta vez, su renombrado apellido no serviría de mucho ya que si
repetía ese año habría razones más que suficientes para expulsarlo. Castiel
estaba con los nervios de punta por todo el asunto, en especial porque su
hermano lo ignoraba y lo esquivaba por completo, y para completar la situación
sus padres se encontraban, como de costumbre, de viaje de negocios. Alex tomó
entonces las riendas, habló con la directora, nos pidió a Nath y a mí que consiguiéramos
los programas de las materias que debía rendir y se llevó a Dante a vivir con
ella mientras lo ayudaba a preparar los exámenes.
Era primero de diciembre cuando la
encontré en el pasillo de la escuela. Una profesora de inglés tenía un embarazo
avanzado y como había un brote de varicela, estaba de licencia por profilaxis.
Alex se había enterado al acompañar a Dante a la escuela y no dudó en buscar a
la directora y hablar con ella. Al presentarle su currículum y quedando tan
poco tiempo para el final de las clases, la directora decidió incorporarla al
plantel (la ventaja que tienen las escuelas privadas sobre las públicas es que
la elección de los docentes pasa por manos de dirección y no por acto público,
lo que acorta los tiempos de designación).
El progreso de Dante era asombroso, y
Alex tenía un manejo del grupo que nos tenía a todos boquiabiertos, pero, muy
típico de ella, se había retrasado con la entrega de la planilla de
calificaciones y Melody, la preceptora de ese curso estaba con los nervios
alterados persiguiéndola por toda la escuela. Pero el colmo fue llegar a
preceptoría a pasar mi hora libre y chocarme con Alex que salía corriendo, con
papeles en las manos y guiñándome un ojo al verme, con la misma alegría y
picardía de siempre. Entré y encontré a Nath riendo mientras guardaba en una
carpeta los papeles que Alex había dejado desparramados en la mesa, al parecer
se había entretenido dibujando y se había olvidado de entrar a dar clases y,
antes de salir corriendo, dejó sobre la mesa las planillas de calificaciones
completamente desordenadas. De pronto, mi rubio preceptor se puso pálido y
luego rojo en cuestión de segundos. Me acerqué e intentó esconder contra su
pecho la hoja que sostenía mientras me miraba con cierto espanto en sus ojos. Aprovechando
que estábamos solos, me acerqué hasta sentir su calor contra mí y comencé a
jugar con sus rubios mechones, mientras en tono sugerente le rogaba que me
mostrara la causa de su sonrojo. Finalmente rió y dijo –Tu amiga está
completamente loca- extendiéndome la hoja donde se veía en una escena con alto
contenido erótico el dibujo de un chico rubio y uno pelirrojo… ¿Castiel y Nath?.
Nos miramos nuevamente y soltamos tal carcajada que la directora que pasaba por
el pasillo entró a ver qué sucedía. Secándonos las lágrimas e intentando
contener (inútilmente) las risas, nos disculpamos, pero ya habíamos sembrado la
semillita de la duda. Vi dibujarse en el rostro de Aída una sonrisa maliciosa,
y temblé, ella se sirvió tranquilamente un mate.
-Ustedes dos están muy cerca
últimamente. ¿hay algo que quieran decirme?- dijo entonces con picardía. Nath y
yo intentamos excusarnos pero ella no estaba dispuesta a dar el brazo a torcer –No
me tomen por tonta, yo sé muy bien que entre ustedes hay algo-
Entonces miré a Nath, él me miro a su vez y soltamos una risa nerviosa. Ella
siguió –De verdad chicos, ¿me van a decir que entre ustedes no hay nada? A mí
no me mientan que yo para estas cosas tengo muy buen ojo… ¡Ba! Tarde o temprano
ustedes van a estar juntos, ya van a venir a darme la razón- Le dio un último
sorbo al mate y salió de preceptoría dejándonos nuevamente a solas.
Finalmente, dos horas más tarde,
terminó el día de clases. Nos despedimos de Alex y Dante en la esquina y Nath y
yo fuimos a buscar a Mini al jardín. Después de almorzar en casa salimos a
caminar en dirección a una plaza que quedaba cerca del instituto, esa semana
había una feria de artesanos.
Llevábamos un rato viendo los puestos
cuando decidimos sentarnos, estábamos caminando hacia un banco libre en el
centro de la plaza cuando un enorme perro negro se acercó a toda velocidad
hacia nosotros, Nath dio un par de pasos hacia atrás y lanzó un grito de
espanto al ver a la bestia abalanzarse sobre mí -¡Demonio!- dije al reconocer
al mastín de Castiel que ya conocía porque Alex solía pasearlo –Todavía te
acordás de mí- le dije riendo y acariciándolo junto con Mini que estaba loca de
contenta, mientras Nath seguía parado unos pasos más allá con el semblante
serio. Levanté la mirada y vi acercarse corriendo a Alex y Castiel.
Efectivamente era Demonio.
Juntos fuimos a una casa de comida
rápida que había frente a la plaza a merendar. Elegimos una mesa de la vereda
porque Demonio no podía entrar, Mini se quedó jugando con él al cuidado de Nath,
mientras Alex y yo entramos por la comida y Castiel se quedó afuera fumando y
mirando a su “cachorro”.
Cuando volvimos los encontramos
discutiendo en voz baja para que Mini no se diera cuenta. Fui a lavarle las
manos a mi hijita mientras Alex se quedó a poner orden. Después de merendar,
Nath, Mini y yo seguimos nuestro paseo solos ya que Castiel parecía realmente
entusiasmado con la idea de irse pronto.
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