La fiesta continuó sin contratiempos, la banda sonaba realmente
muy bien y Alex aprovechaba cada instante para acercarse a Castiel, y de paso,
para empujarme hacia Nath cada vez que tenía oportunidad.
-Qué tarde se hizo- dije mirando tristemente mi reloj –va a ser
mejor que me vaya-
-Es una pena, ¿querés que te acompañe?- indagó Nath
–No es necesario, me tomo un taxi y listo-
-Insisto, es muy tarde y… quiero quedarme tranquilo que llegues
bien a casa-
Nuevamente había logrado dejarme sin palabras –Bueno, si en verdad
no te molesta- dije sonriendo mientras intentaba disimular mi vergüenza.
Busqué a Alex con la mirada, estaba sentada en los sillones
hablando con Castiel, parecían estar discutiendo y no sabría decir cuál de los
dos disfrutaba más ese tire y apriete al que estaban jugando. Nos despedimos de
ellos y Alex insistió en que nos sacáramos una foto los cuatro juntos, aunque
creo que no llegó a notar que tanto Nathanael como Castiel parecían muy poco
felices con la idea.
Finalmente nos dirigimos hacia la puerta de salida, un empujón
casi me hizo caer, Nath detuvo mi caída, tomó mi mano y me sentí flotar tras
suyo, en un mundo donde sólo estábamos él y yo, donde nada podía hacerme daño
mientras él me sujetara la mano. Salimos
del local y aún no me había soltado
–Es una noche hermosa- pensé en voz alta
–Sí, lo es, ideal para un paseo- agregó él, asentí con la cabeza y
comenzamos a caminar en dirección a mi casa, aún tomados de la mano.
A pesar que el edificio donde yo vivía no quedaba cerca del
boliche, el camino se me hizo muy corto, hipnotizada por las palabras con las
que ese rubio me envolvía en un sueño del que no quería despertar. Hablamos de
libros: él, fanático de Conan Doyle; yo, de Julio Verne, uno analítico, lógico,
certero; la otra soñadora, mirando más allá de los límites del mundo; ambos
firmes y fuertes, ambos heridos, en busca de algo perdido en nuestro interior,
unidos a través de los trazos de Edgar Allan Poe.
Llegamos a mi casa tras hora y media de caminata, el frío se hacía
notar cada vez más y tímidamente lo invité a tomar algo calentito, él aceptó
con gusto. Subimos las escaleras y llegamos a la puerta del monoambiente donde
yo vivía. Entramos y encontramos a Lucía muy entretenida jugando en mi
notebook, ni siquiera se había percatado de la hora, me saludó, le pagué como
de costumbre por haber cuidado a Mini y la acompañé a la puerta.
–¿Así que ella es Mini?- dijo en voz baja Nath señalando a la
pequeña niña que dormía en la parte inferior de una cama superpuesta, asentí
con una sonrisa, él volvió a mirarla y respondió –Es hermosa, igual a su mamá-
en la tenue luz de la habitación pude notar sus mejillas sonrojarse levemente.
Mini se movió en la cama –Parece que le molesta que hablemos- me dijo casi en
un susurro –Si te parece mejor, puedo irme -.
Agité mi cabeza de lado a lado mientras ponía la pava sobre el
fuego y preparaba el mate al tiempo que me quitaba mis zapatos –No te
preocupes, aunque es cierto que ella no está acostumbrada a oír voces mientras
duerme…-
-Podríamos tomar mates en el balcón- me interrumpió dulcemente
Nath.
Y así lo hicimos, llevamos una frazada y nos sentamos en el piso
del balcón, bajo la tenue luz de las pocas estrellas que la contaminación
lumínica de capital no conseguía acallar. Y mate tras mate, palabra tras
palabra, transcurrieron las horas, mientras el firmamento parecía girar tras el
punto oscuro que marca el polo sur celeste, inmutable ante estos dos pequeños
seres que se encontraban ahora aislados del mundo, en su propio universo, apenas
conscientes que quien giraba no era el cielo, sino ellos mismos en una espiral
que los iba envolviendo cada vez más en un sueño que empezaba a ser compartido.
Abrí los ojos, un tenue haz de luz me indicaba que la noche había
comenzado a morir y un cálido hombro me prestaba el favor de ser mi almohada
-¿Te despertaste?- una dulce voz rozó mi alma, era Nath, me sonrió tiernamente
y agregó –Justo a tiempo para ver el amanecer- dirigió sus ojos al horizonte,
yo hice lo mismo, y allí nos quedamos, en silencio, sintiendo la caricia de los
primeros rayos de sol, viendo nacer el día, juntos…