Otra semana se me escurría entre los
dedos, era miércoles, al día siguiente saldríamos para Córdoba. Mini estaba muy
entusiasmada con la idea de pasar el fin de semana largo (por un feriado que
sería, por única vez este año, de viernes a lunes inclusive) con sus abuelos.
Yo me sentía demasiado intranquila, no porque no confiara en mis padres, sino
porque nunca había estado tanto tiempo y a tanta distancia de mi hijita, pero
verla tan feliz le dio un respiro a mi alma. Esa tarde hicimos algunas compras,
armamos las maletas y llevamos las mías al departamento de Nath que nos quedaba
de paso a la estación, ya que Alex me había dicho que pasaría a buscarnos por
el instituto.
Después de cenar, leí un cuento a mi
niña y revisé una vez más sus maletas antes de acostarme, aunque habría dado lo
mismo si no me hubiese acostado ya que no pude dormir ni siquiera 5 minutos.
Demasiadas cosas rondaban mi mente, y sobre todas ellas un presentimiento, la
que volvería de ese viaje no sería la misma que se había acostado esa noche. El
despertador sonó entonces, me levanté y me vestí rápidamente, mientras con un
beso y unas palmaditas terminaba de despertar a mi pequeña, quien apenas
recordó que ese día viajaría con sus abuelos saltó de la cama loca de contenta.
Estábamos terminando de desayunar
cuando sonó el timbre, eran mis padres, quienes venían a buscar a Mini para
llevarla al jardín. Cargamos las maletas en el auto y tras un fuerte abrazo vi
a mi pequeña alejarse. Una profunda sensación de vacío me inundó, nunca antes
me había separado de mi hijita.
Poco a poco comencé a distinguir
aquella silueta que se aproximaba sonriente mientras sus rubios cabellos eran
alborotados por el viento. -Hola Sam, pensé en venir a buscarte y darle un beso
de despedida a Mini, pero veo que llegué tarde, me gritó desde un auto a dos
cuadras de acá. ¿Estás bien?-
Levanté mi mirada, húmeda a pesar de
mis esfuerzos por no llorar y asentí con la mejor sonrisa que pude dibujar en
ese instante. Nath me abrazó.
-Tranquila, Mini va a estar bien con
tus padres y vamos a pasar un lindo finde, ya vas a ver-
Sus palabras y su sonrisa le
devolvieron a mi alma la paz que le estaba faltando. Subí a mi departamento por
mi maletín y fuimos al instituto. Esa mañana se me hizo eterna.
Finalmente el timbre sonó indicando la
hora de salida. Busqué a Nath en preceptoría y fuimos juntos hacia la puerta y,
como era digno de esperarse, Alex estaba retrasada.
Quince minutos después de lo acordado
y cuando ya no quedaba nadie en el instituto vimos acercarse la cabellera
multicolor de mi amiga junto a su pelirrojo compañero, quien se paralizó al
vernos y tras apuñalar con la mirada a Nath murmuró con el semblante duro en
dirección a Alex.
Fuimos por las maletas al departamento
de Nath y llamamos un taxi. Llegamos a la estación de colectivos con los
minutos contados para tomar el micro que justo ese día había llegado a horario.
Alex me tomó de un brazo y subimos al colectivo, seguidas por Nath y Castiel,
quienes se quedaron helados cuando descubrieron que mi amiga había decidido que
se sentaría conmigo, por lo que ellos deberían viajar uno al lado del otro en
el asiento ubicado precisamente delante de nosotras.
Nos esperaban 4 horas de viaje antes
de la primera parada, así que preparé el mate, y saqué el táper con sánguches
que había preparado con antelación, imaginando que no tendríamos tiempo de
almorzar antes de subir al micro.
El primer tramo del viaje se me hizo
muy corto, el juego de contar las vacas, ovejas y molinos que veíamos se nos
había hecho entretenido y las maldades que Alex le hacía a Castiel eran para no
contener la risa, para nosotras claro, porque el pobre chico estaba en ese
punto con los nervios alterados y el insulto en la punta de la lengua. Pero
llegar a la primera parada y descubrir que no tenía sus cigarrillos, mientras
Alex se paseaba fumando delante de él fue la gota que rebalsó el vaso (todavía
no tengo idea cómo hizo mi amiga para escondérselos ya que ni siquiera puedo
decir en qué momento se los quitó). El único que se mantuvo ajeno a todo este
asunto fue Nath, quien dedicó todo el primer tramo del viaje a leer.
Cuando debimos subir al colectivo para
reanudar la marcha, Castiel se me adelantó y tomando de un brazo a mi amiga se
sentó en el que había sido mi lugar. Por lo que el resto del viaje lo hice en
compañía de Nath con quien (para variar) hablé de la escuela y de libros, e
incluso leímos juntos los primeros 3 capítulos de una de las varias novelas
policiales que llevaba en su mochila.