Los viernes entraba una hora más tarde
a dar clases, así que ese día llevé a Mini al jardín, compré unas cosas de
vuelta a casa y me puse a ordenar un poco el departamento antes de irme. Miré
el reloj, se me había hecho tarde, tenía sólo 10 minutos para llegar al
instituto. Me puse un saquito y cuando estaba por agarrar el maletín sonó el
timbre ¿a esta hora?. Abrí la puerta y un empujón me tiró contra el piso.
-Qué te pensás que sos, paseando de la
manito con ese pelotudo y con mi hija. Me tenés harto pendeja-
Intenté gritar, no pude. Intenté
ponerme de pie, un golpe me devolvió al suelo. Sólo pude cerrar mis ojos y
rogar.
No sé cuánto tiempo pasó desde que se fue, tampoco sé decir con
exactitud cuánto tiempo estuvo golpeándome. Mi mente se extravió y cuando abrí
los ojos, estaba sola. Un punzante ardor se agudizó en lo profundo de mi alma,
y me derrumbé en llanto. Estaba devastada, no era nada. No importaba qué tan
lejos intentara escapar, él tenía total dominio sobre mi vida y mi muerte, aún
hacía lo que quería y yo aún no podía ser libre, de hecho, empezaba a sospechar
que nunca lo sería.
El sonido del timbre me despertó de mi
letargo, me acurruqué aún más sobre mí misma, estaba aterrada.
-Sam, soy yo, Nath. ¿Estás bien? Hace
2 horas que te estoy llamando al celular, por favor abrime-
El llanto me desbordó una vez más, no
podía abrirle, no podía permitir que me viera de ese modo. Y, además, no podía
permitir que otro hombre se acercara a mí. Recordé todos esos viejos miedos, ¿y
si Nath era como él? ¿y si la pesadilla se volvía a repetir?. Por eso no podía
enamorarme, por eso no tenía que haberme acercado tanto a Nathanael.
-Sam, por favor, sé que estás ahí, por
favor, confiá en mí-
No, Nath era distinto, él siempre me cuidaba y
siempre estaba ahí cuando más lo necesitaba.
Intenté pararme, un fuerte dolor en mi
costado derecho me hizo volver a caer, recordé una patada, la última antes de
irse. Me apoyé en una silla y me puse de pie –Pasá- grité antes de dejarme caer
en la cama.
Nath entró y su cuerpo se paralizó al
ver las gotas de sangre en el piso y luego corrió hacia mí. Me acarició con
dulzura y desesperación. –Sam ¿qué pasó?-
Desvié la mirada -¿No es obvio?-
Sus ojos se llenaron de ira y
nuevamente de dolor y preocupación. Corrió mi pelo y me dio un tierno beso en
la frente. Luego fue al baño y trajo un balde con agua y una esponja. Poco a
poco fue lavando mis heridas. Miré entonces el reloj.
–Tengo que ir a buscar a Mini al
jardín-
-Tranquila, yo me encargo- Tomó su
teléfono –Mierda, no tengo batería, ¿puedo usar el tuyo?-
Asentí y le señalé mi bolso sobre la
mesa, marcó un número –Alex… ¿Castiel?, no cortes, soy Nathanael… ¿podés
decirle a Alex que vaya a buscar a la nena de Sam al jardín y la cuide un par
de horas?... ¡Por una vez en tu vida no seas tan cabeza dura! ¡Sam no está
bien! … Gracias, te debo una.- cortó y
me acarició nuevamente. –Ya está solucionado, Alex va a cuidar a Mini. Ahora
tenemos que ir al hospital-
Llamó un taxi y me ayudó a
incorporarme, apenas podía mantenerme en pie. Guardó las llaves de mi
departamento, mi celular y mi documento en su campera y me alzó en sus brazos.
Bajó llevándome así los 4 pisos por escalera. Varios vecinos nos miraron con
preocupación, en especial porque, según me enteré después, algunos habían
escuchado mis gritos.
Cuando llegamos a la vereda, el taxi
nos estaba esperando. Nath me ayudó a entrar con cuidado y se sentó a mi lado.
Para complicar aún más las cosas, el hospital de la zona estaba de paro, hacía
meses que el gobierno no enviaba suministros y los médicos, enfermeros y
auxiliares no habían cobrado aún sus sueldos. Así que el camino se hizo más
largo que lo esperable.
Apenas era consciente de lo que sucedía
a mi alrededor, me sentía débil, muy débil, pero sobre todo vulnerable. Incluso
vulnerable ante Nath, él era mi guardián, mi protector, y yo, la nena tonta a
la que tenía que rescatar siempre de sus propios fantasmas. El vaivén del auto
me estaba adormeciendo, recosté mi cabeza en el hombro de Nath y cerré los
ojos, él me acariciaba y me hablaba dulcemente para que no me durmiera.
Llegamos al fin al hospital, a pesar
de mis quejas, Nath me cargó en sus brazos nuevamente. Una vez dentro me
depositó con cuidado en una silla y fue hacia mesa de entrada. Bastante tiempo
después volvió. –Hay que esperar un rato más- se sentó a mi lado, con su brazo
rodeó mi cuerpo y me llevó dulcemente a recostarme en su hombro mientras me
acariciaba con ternura.
Tras una larga espera, desde la
guardia gritaron mi apellido y me atendieron. Tenía algunos golpes fuertes y
varios cortes, pero nada que revistiera gravedad. Una policía de la división de
familia, entró a la habitación y se acercó a hablarnos, tomó nuestros datos y
los testimonios de lo sucedido, así como el diagnóstico de los médicos.
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