Camino por
inercia mientras Nath me guía de la mano por los extensos pasillos. Esto está
superando todos los límites, va mucho más allá de un viaje astral, es todo tan
real, se siente tan real, tengo miedo, tanto miedo. Extraño a mi hijita,
¿alguna vez volveré a verla?. Me siento prisionera, atrapada en esta realidad,
en esta dimensión. Y confundida, sobre todo confundida. ¿Cuál es la realidad?
Ya no puedo decir con certeza que mi vida como Samantha es la tangible y mi
historia como Selene es el recuerdo. Estoy viviendo en el recuerdo,
literalmente viviendo, en carne y hueso, sintiéndolo real. Cada día que pasa
olvido algo de mi vida como Samantha, es como si poco a poco me fuera alejando
de esa realidad. Pero tengo que seguir luchando, no puedo renunciar a mi vida.
No voy a renunciar a Mini.
Atravesamos una
puerta, nos encontramos en un balcón con piso de mármol blanco y mucha
vegetación alrededor que lo aísla de vistas externas, solo quedamos Nath y yo.
Él me suelta y camina unos pasos hasta apoyar sus manos en la baranda, agacha
su cabeza, parece estar lidiando con los pensamientos en su mente, eligiendo
las palabras justas. Me acerco entonces a él, coloco mi mano en su hombro, él levanta
su rostro y me mira, sus ojos revelan un profundo pesar, lo abrazo y él me
aprieta con fuerza contra su pecho, como si en ese abrazo pudiésemos escapar de
la realidad, pero no podemos. Nuestros cuerpos se alejan lentamente, su mirada
es ahora más calma, pero aún revela una profunda tristeza.
Me lleva hacia
un banco blanco que hay en un costado y nos sentamos.
-Perdoname- dice
entonces; mi mirada se llena de interrogantes, él sigue hablando con la mirada
perdida en un punto más allá de sus pies, recuerdo esta situación, es la misma
en la que estuvimos aquella vez, cuando me confesó aquello que opacaba su
espíritu, pero esta vez algo era sustancialmente distinto, esta vez su
confesión me inmiscuía por completo.
-Perdón Sel-
reitera mirándome, esta vez a los ojos; los suyos están húmedos, luchando
contra las lágrimas que ahogan su corazón, aprieto con más fuerza su mano y con
una leve sonrisa asiento con la cabeza indicándole que todo está bien, y que
continúe.
-Tendría que
haberte dicho esto antes, mucho antes, pero no me atreví, no tuve el coraje. No
podía arriesgarme a perderte- levanta sus enormes ojos de miel y me mira, un
escalofrío recorre mi alma. -Sel… esta es tu casa, ese hombre, Dimitri, es tu
padre. Y yo… yo no soy más que un extranjero, un exiliado, no soy digno de tu
amor, no soy digno de mirar siquiera a los ojos a una sacerdotisa. Pero aquella
noche… ver tu silueta iluminada apenas por la luna… había algo en vos que me
obligó a seguirte… -
Me siento
confundida, completamente perdida, ¿una sacerdotisa? como Samantha tuve siempre
una percepción distinta del mundo, aún desde niña, pero nunca creí que alguna
vez tendría el nivel suficiente para tener el honor de convertirme en
sacerdotisa. La incertidumbre en mis ojos lo hace suspirar y continúa.
-Hace mucho
tiempo desde aquella noche, tres años exactamente. Hacía poco que la invasión
había vuelto a comenzar y yo llegué a esta ciudad, a devolverle a tu padre el
favor que me había hecho 8 años antes, al darme refugio cuando mi ciudad fue
destruida. Me puse a su servicio y Castiel fue mi compañero y maestro en el
arte de la guerra. Dimitri procuró esconderte bien de mis ojos, jamás había
sabido siquiera que tenía una hija, hasta aquella noche. –
Hace una larga
pausa y suspira una vez más antes de continuar, parece buscar las palabras
correctas con la paciencia y el compromiso con que un músico hila las notas,
como temiendo pronunciar algo incorrecto, o quizás, intentando suavizar una
realidad que se niega a aceptar y que yo tengo miedo de conocer.
-Sel, muchas
noches después de esa nos encontramos en ese lugar. Pero la guerra se
aproximaba más y más y debí partir. Pensaba en vos cada día, en tus ojos, en tu
pelo bañado por la luz de luna. Cada noche veía la Madre Celestial y te sentía
cerca, conmigo en la distancia. Y una noche volviste a mí. Habías tenido una
visión donde me herían y habías cabalgado en secreto para advertirme. Llegaste
justo cuando éramos emboscados y…-
Su voz se
quiebra, sus ojos están llorosos, los míos también, un profundo pesar oprime
ahora mi corazón -¿qué pasó entonces?- pronuncio ansiosa con un nudo en la
garganta mientras unas lágrimas escapan de la contención de mis ojos. Ahora
quien parece quebrarse es su espíritu, y por primera vez veo caer lágrimas de
sus ojos.
–Una flecha iba
hacia mí, no sé cómo hiciste para percibirla o para moverte tan rápido pero… te
hirieron Sel, te hirieron y vi la luz escaparse de tus ojos. Esa flecha era mi
destino, no el tuyo. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te pusiste delante?- sus
ojos ya no pueden contener sus lágrimas y cae sollozando sobre mi regazo.
Nos quedamos
así, en este momento que se suspende en el tiempo, una suave brisa sopla
aislándonos aún más del mundo. Levanto su rostro y miro sus ojos, un profundo
remordimiento lo carcome por dentro, mi mirada se serena –¿Así perdí la
memoria?- asiente levemente y quita su vista de la mía, levanto su rostro hasta
encontrarnos nuevamente frente a frente, y lo beso con toda la fuerza de mi
espíritu.
Nuestros labios
se separan en un suspiro, dibujo una sonrisa y sus labios me regalan, al fin,
otra de vuelta, sus ojos se ven más aliviados. –El amor que siento por vos fue
capaz de sobrevivir a todos mis demás recuerdos, te amo y esa es la única
certeza en mi vida de ensueño. No te sientas mal mi Amor. Todo está bien,
estamos juntos y vamos a estarlo para siempre.-
Sus ojos se
vuelven sombríos nuevamente y suspira antes de perder su mirada, otra vez, en
el punto infinito tras sus pies –Tu padre jamás me perdonó eso, mucho menos lo
que vino después-
Debo confesar
que no esperaba eso, ¿después? ¿hay algo peor?
–Llegamos cuando
estaba amaneciendo, cuando él vio te vio así, con apenas un hilo de vida en mis
brazos, la desesperación lo inundó. Te arrancó de mí y te mantuvo alejada, en
secreto, no sabía si estabas viva siquiera, la oscuridad me carcomía y cada día
moría un poco más de mí. Una mañana, Desireé vino a despertarme, Castiel iba
con ella pero esperó afuera mientras hablábamos, respiré al saber que te
encontrabas bien, despierta y sana, pero sin memoria. Tu padre te mantenía
encerrada en la casa y la tristeza te estaba destruyendo, no comías, no dormías
y luego… tomaste el cuchillo que venía con la cena y esa noche en tu cuarto
cortaste tus muñecas. Desireé ante eso hizo lo que creyó correcto y recurrió a
mí y me ayudó a llegar esa noche a tu cuarto, y entonces la luz y la alegría
volvió a tus ojos y a mi vida. Te besé y te amé como nunca antes esa noche, y
las siguientes. Hasta que me rogaste que te sacara de ahí. Con la ayuda de
Castiel y Desireé escapamos y te llevé al único lugar seguro que conocía, la
que había sido la casa de mis abuelos.-