Abrí los ojos lentamente, con la sensación de aún estar viviendo
un sueño. Su respiración lenta, pausada, el sonido de sus latidos, el calor de
sus brazos envolviendo mi cuerpo, apretándome en un abrazo junto al suyo, sus
rubios cabellos despeinados y la dulzura de su rostro me hizo preguntarme si en
verdad estaba despierta. Rayos de luz entraban por la ventana, al parecer el
día había decidido darnos unas últimas horas de sol antes de volver a casa.
Besé suavemente sus dulces labios y me levanté con cuidado, para no
despertarlo, quería revisar una vez más mis maletas antes de irnos.
Me di una ducha y salí del baño en el preciso instante en que Alex
salía de su habitación. Ambas dibujamos una sonrisa de oreja a oreja al
encontrarse nuestras miradas y sin mediar palabras, ella entró al baño y yo
nuevamente a la habitación.
Nath estaba sentado en el borde de la
cama, y me regaló una sonrisa al verme entrar -Creí que te me habías escapado-
Sonreí nerviosa y bajé mi mirada sonrojada (a veces actúo como una nena de 13
años, pero no puedo controlarlo) él se acercó y me besó ardientemente.
Acomodamos la habitación, dejamos las
maletas listas en la puerta y fuimos a la cocina. Alex jugaba con su taza de
café y nos miraba pícaramente, mientras Castiel
parecía aún más contrariado que el día anterior y ni siquiera nos dirigió la
palabra. Desayunamos por separado, Alex y Cast en el piso de la galería y Nath
y yo en la mesa de la cocina.
Apenas habíamos terminado de lavar las
tazas cuando la bocina de un auto nos llamó la atención. Era hora de decirle
adiós a esa cabañita que había sido nuestro refugio durante casi 4 días. Cuatro
días… pasaron tantas cosas que parecía casi inconcebible que sólo 4 días atrás
habíamos tomado un micro que nos llevaría a un viaje a nuestro interior.
Definitivamente habíamos cambiado, aquellos que subían en silencio al auto, no
eran las mismas personas que habían salido de Capital 4 días atrás.
El auto nos dejó en la terminal de
micros y 20 minutos después emprendimos el viaje de regreso. Teníamos por
delante 10 horas de viaje, pero esta vez no fue motivo de discordia la
distribución de los asientos, Alex se sentó con Castiel y yo con Nath.
No pude dormir durante todo el viaje,
había demasiadas cosas en mi mente. Mis ojos estaban perdidos en las montañas
que poco a poco íbamos dejando atrás, dando paso a las extensas llanuras con
sembradíos, animales, molinos, y las ciudades que se extendían con mayor
frecuencia a medida que nos acercábamos
a la ciudad portuaria. Una dulce caricia colocando un mechón de pelo tras mi
oreja me despertó de mi letargo, cuando giré la cabeza, Nath me miraba mientras
en sus manos sostenía el libro que le había regalado, sonreí y lo abrió en el
lugar donde habíamos interrumpido la lectura.
Era entrada la noche cuando bajamos
del micro. Nos despedimos de Alex y Castiel en la terminal, llamé a mis padres
por teléfono y me dijeron que estaban cenando con Mini y que luego la llevarían
a casa. Nath y yo tomamos un remís que me dejó en mi departamento y que luego
continuó su viaje llevándolo al suyo.
En silencio subí las
escaleras y entré a mi departamento, todo estaba en silencio, no era un piso demasiado
grande, pero esa noche me pareció aún más pequeño. Por primera vez no vi sus
paredes como un refugio que me envolvía, sino como un límite incapaz de detener
el impulso de mi alma. En lo profundo de mi ser, volvía a sentir ese fuego
llamado esperanza.