El día había comenzado a caer cuando
terminé de pintar el rostro de Nath. Nos dirigimos al improvisado altar y nos
sentamos, yo al frente, Mini a mi derecha y Nath a mi izquierda. Ella me
alcanzó las velas y tras lavarlas muy bien en el copón central las colocamos en
los copones de vidrio que habíamos preparado para tal fin. Entregué una a Nath
y una a Mini
–Una vela por familia- comencé a hablar
–cuenta la leyenda que esta noche el velo entre el mundo de los vivos y el
mundo de los muertos se rompe, es por eso que el paso entre dimensiones se hace
más fácil y los habitantes del más allá vienen a visitar a sus queridos vivos,
la mayoría de nosotros no es capaz de verlos, entonces, para demostrarles que
están en nuestra memoria se colocan velas en las puertas o las ventanas, una
por familia. Este será el primer año que Mini coloque la vela, por ser la menor
de mi familia, ya que ella lleva la sangre de todos nuestros antepasados. La
segunda vela es tuya Nath, para que la prendas en memoria de tus ancestros.-
Mini sonrió ansiosa mientras Nath asentía serio, pero con la mirada limpia, sin
miedos. Me puse de pie y salí al balcón, ellos salieron tras de mí y colocaron
las velas en el piso, una en cada extremo, y tras encenderlas nos quedamos los
tres contemplando en silencio el cielo largo rato.
Una vez dentro, la solemnidad de la
ceremonia se esfumó para dar paso a la alegría, puse a sonar en mi notebook un
dvd con música celta que había preparado, tenía algo de 12 horas de música así
que no íbamos a tener que preocuparnos por cambiar el cd. Y allí comenzó la
fiesta, Mini y yo comenzamos a bailar mientras Nath nos miraba con una amplia
sonrisa pero aún sin soltarse por completo, lo llevamos al centro de la
habitación (que habíamos despejado para tal fin) y comenzamos a bailar a su
alrededor hasta que logramos que se soltara, y así, los tres, disfrutando de
ese momento de total alegría e intimidad, ese momento completamente nuestro,
completamente familiar, nos dejamos llevar durante casi 2 horas.
Eran pasadas las 9 y el hambre
empezaba a hacerse sentir, preparé la cena, una receta de verduras a la salsa
blanca que había inventado hacía muchos años (siempre me gustó improvisar a la
hora de la comida, por lo que varias veces tuve que recurrir a comprar comida
hecha, pero en general, los resultados eran buenos, como con esta receta:
salteaba las verduras que necesitaban cocción, preparaba la salsa blanca un
poco más aguada que lo normal y luego en una fuente colocaba las verduras
cubriéndolas con la salsa y las llevaba al horno hasta que esta última quedara
semisólida, por último, un poco de queso mantecoso por encima, y tras uno o dos
minutos más en el horno, la preparación estaba lista). Cenamos alrededor de las
10, Mini nos contaba divertida de sus peripecias en el jardín y se ponía más
seria al nombrar a un compañerito que sin querer le había pegado un pelotazo a
su muñeca preferida mientras estaba “tomando el té” con las muñecas de sus
compañeras.
Cuando terminamos de cenar y de
limpiar eran pasadas las 11:30, nos dirigimos al altar, tomé las cintas y les
expliqué qué debíamos hacer con ellas. Los celtas, durante la luna llena previa
al solsticio de verano hacían trenzas a modo de amuleto que luego se colocaban
en el árbol sagrado para las fechas importantes (actualmente nuestro árbol es
el pinito de navidad), así, poco a poco y entre los tres, realizamos una larga
trenza con las tres cintas de colores, Mini sostenía un extremo mientras Nath y
yo nos turnábamos para trenzar cada tramo. Apenas habían pasado las 12 cuando
terminamos, nuestras miradas se cruzaban, los tres irradiábamos una paz y una
felicidad que solo quien alguna vez experimentó algún ritual de este tipo conoce.
Me puse de pie y Mini corrió a buscar
la sal, poco a poco la fue esparciendo en el piso de nuestra casa mientras yo
con mi escoba la arrastraba, junto con toda la mala energía acumulada durante
el año, cerca de la puerta de entrada. Nath nos miraba hacer, él no podía
participar ahora, porque este ritual era de Mini y mío, porque éste era nuestro
hogar. Una vez limpia toda la casa, junté la sal en una palita y la coloqué en
una bolsita plástica. -¿Nos acompañás?- le dije a Nath, él asintió y Mini nos dio
una manzana a cada uno. Bajamos la escalera, no sin cruzarnos con algunos
vecinos que nos miraron extrañados pero imaginando que estaríamos usando alguna
especie de disfraz de “halloween”. Coloqué la bolsita de “basura” en el cesto
de la calle y dejamos las tres manzanas bajo un árbol. –Son alimento para los
muertos- dije en voz baja.
Subimos nuevamente, el ritual había
terminado. –Nosotras vamos a meditar un rato ahora, ¿te quedás?-
-¿Realmente necesitás que te
responda?- me contestó Nath con una amplia y sincera sonrisa.
Apagué las luces quedando la
habitación iluminada levemente por las velas, colocamos unos almohadones en el
medio de la sala y nos sentamos en círculo tomados de las manos, cerramos los
ojos y nos dejamos llevar.
“Inhalo… exhalo… inhalo… exhalo… me dejo caer…
poco a poco la sensación de caída libre recorre mis venas, mi mente se pierde,
caigo… un túnel, lo atravieso cada vez a mayor velocidad, ya no estoy en mi
casa, floto en el éter, en la nada, una luz. Abro los ojos, ¿dónde estoy? Miro
mi alrededor, frente a mis ojos poco a poco distingo una ventana por la que
entran sin permiso los rayos de sol. Estoy acostada, conozco esta habitación,
por supuesto que la conozco, no es la primera vez que estoy acá.
-Buenos días, ¿ya estás despierta?-
una voz susurra en mi espalda mientras una mano coloca un mechón de pelo que
cae sobre mi rostro tras mi oreja, sonrío y respondo –Buenos días- yo conozco
muy bien a ese hombre, lo vi por primera vez, si en verdad puedo decir que esa
fue la primera vez, hace 12 años, cuando experimenté por primera vez el trance,
cuando descubrí que meditando podía acceder a recuerdos de vidas pasadas, pero…
algo es distinto hoy.
-¿Estás bien? Te noto pensativa, más
que lo habitual.
Río, incluso astralmente soy soñadora,
giro en la cama hasta quedar frente a él, ¡ahora lo entiendo!”
Abrí los ojos, estaba de vuelta en el
mundo tangible, justo a tiempo para ver a Nath despertar sobresaltado del
trance, nuestras miradas se cruzaron, limpias pero llenas de incertidumbres. Ninguno
se atrevió a romper el silencio.
-¿Ya están despiertos?- nos dijo Mini
quien nos miraba desde la cama jugando con una muñeca.
Ninguno de los dos fue capaz de mover
un músculo, ¿será que acaso…?
-¡Mami cortá la tarta!- me devolvió a
la realidad mi hijita saltando a mi lado. La miré y sonreí, me levanté
lentamente y fui hacia la cocina, puse la pava en el fuego, preparé el juego de
té y saqué la tarta de la heladera. Recién entonces Nath se puso de pie y se
acercó al balcón, su mirada se perdió en el firmamento largo rato.
Se giró cuando el té estuvo listo, se
me acercó y sin mediar palabra me estrechó en un fuerte abrazo, Mini aprovechó
para sacar de la bandeja una porción de la tarta a medio cortar. Poco a poco
alejó su cuerpo del mío y mirándome a los ojos con una sonrisa, colocó un
mechón de pelo que caía sobre mi rostro detrás de mi oreja. Un escalofrío
recorrió entonces mi cuerpo.
En silencio tomó la bandeja con el té
y la llevó a la mesa, mientras yo hacía lo mismo con la bandeja que tenía la
tarta. Nos sentamos a la mesa y charlamos de banalidades hasta que amaneció,
Mini se había quedado dormida mucho antes.
Eran las 8:30 cuando se fue, antes,
nos quitamos la pintura de las caras y luego lo acompañé hasta la calle, era un
día hermoso.
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