No sabría decir cómo fue que llegué a preceptoría, lo primero que
recuerdo es estar sentada con mi mirada perdida en el infinito, mientras la
directora injuriaba totalmente fuera de sí; alguien sostenía mi mano, era Nath
quien en un momento alzó la voz para decir “no es su culpa”.
Unos golpes en la puerta me devolvieron a la realidad, entraron
dos mujeres. Una se me acercó y se
presentó dulcemente, eran miembros de una entidad que lucha por los derechos de
la mujer y la familia, habían asistido a la conferencia. -¿Querés contarnos qué
pasó? te escucho-.
Mis labios se separaron lentamente, suspiré y dejé que las
palabras que durante tanto tiempo había ahogado en mi corazón empezaran a salir
lentamente, cada una ardiendo más que la anterior, dejando fuera de mí todo ese
dolor que me acongojaba y me torturaba día tras día.
-Es mi marido- dije- bueno, al menos lo era. Dejó de serlo el día
que decidí dejar mi pueblo y venir a la capital. Lo conocí cuando tenía 18 años
y acababa de comenzar mi carrera, <Él> tocaba en una banda de rock, me
enamoré perdidamente. – Bajé mi mirada conteniendo apenas las lágrimas, todos
me observaban en silencio, Nathanael aún no había soltado mi mano. Respiré
profundo y continué, ya no tenía sentido seguir ocultando la verdad a esas
personas que habían sido testigos de todo y que merecían una explicación.
–Llevábamos 3 meses de novios cuando descubrí que estaba embarazada, mi mundo
se desmoronó. <Él> quiso abortar, yo me negué rotundamente, aunque no
había llegado en buen momento ese bebito
era mi hijito, ¿cómo podría matarlo?. Lo mantuve oculto durante 2 meses, pero
el tiempo corría y poco a poco empezaría a notarse mi vientre, ya no podía
seguir ocultándoselo a mis padres, mis padres- suspiré- siempre esperaron
demasiado de mí, ellos pretendían una hija perfecta, con calificaciones 10, una
hija que llegara lejos y cumpliera todos sus sueños frustrados. Jamás logré
alcanzar el nivel que ellos esperaban de mí, esta noticia terminaría de
demostrarles que yo era un fracaso. Y así fue como mis mayores temores se
hicieron realidad, una noche después de cenar, tomé coraje y les di la noticia
“iban a ser abuelos” mi madre lloró, mi padre se levantó bruscamente de la mesa
y fue a su estudio, un desgarrador silencio cortaba el aire, a los pocos
minutos una cachetada llegaba a mi cara, seguida de miles de gritos y
reproches. Un nuevo silencio me envolvió mientras corría lejos de mi casa “un
fracaso”, “una vergüenza” eso era para mis padres, no era digna de ser su hija.
No recuerdo cómo llegué a su puerta, sólo sé que a partir de esa noche
<Él> se convirtió en mi marido.
Los meses fueron pasando y a medida que mi vientre crecía, crecía
también el espacio entre nosotros. El chico dulce al que tanto amaba se iba
convirtiendo poco a poco en un ser oscuro, que nunca estaba en casa y apenas
hablaba. Comenzaron las discusiones.
Y llegó el día tan esperado, nació mi hijita, Minerva, Mini. Esa
semana fue hermosa, parecía que todas las angustias del pasado habían sido
borradas por una sonrisa de esa bebita, toda la familia estaba feliz, reunida
de nuevo. Pero en relaciones enfermizas la felicidad dura poco, demasiado poco…
Mini tenía tres meses la primera vez que <Él> me levantó la mano. – bajé
nuevamente la mirada, ya no podía
contener las lágrimas que corrían una tras otra por mi rostro, y con la
poca fuerza que me quedaba agregué –Ya no podía aguantar más, no tenía a donde
ir y tuve que esperar a tener el título para poder mantenerme económicamente,
no puedo creer que me haya seguido hasta acá-.
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