Eran pasadas las 12 cuando <Él> se fue, Mini ya dormía en su
cama. Lo acompañé a la puerta y luego de acariciar mi cabello besó suavemente
mis labios sin lograr siquiera inmutarme, y se alejó caminando, con la promesa
de regresar al día siguiente. Hacía varias horas ya, que yo no hablaba más que
lo imprescindible. Volvía a descubrir en mí aquella niña temerosa, aquella que
cenaba en silencio, que limpiaba en silencio, que vivía en silencio… temiendo
decir algo que afectara el momento, temiendo enojarlo; sabiendo que incluso,
muchas veces, el propio silencio que guardaba era la causa de la siguiente
bofetada.
Entré a mi departamento, Mini seguía durmiendo, tranquila, en paz,
feliz de haber visto a su familia cenar junta una vez más, las lágrimas
volvieron a inundar mis ojos. Busqué en mi cajón, en el último cajón el paquete
de cigarrillos que hacía meses no tocaba, saqué de la heladera aquella botella
de vino que había sobrado de la última cena con Alex y me senté en el piso del
balcón, mirando caer suavemente las gotas de lluvia.
“Y me encuentro así aquí, como tantas
otras noches, en las oscuras profundidades de mi mente viendo caer mis sueños y
mis esperanzas con la lluvia, descubriendo mi alma herida, un alma que ya no
tiene ganas de vivir ni esperanzas para seguir. El sueño apesadumbra mis párpados que
quieren cerrarse arrullados por la dulce melodía de las gotas de lluvia,
lágrimas del cielo que con su sacrificio purifican la Tierra y regalan la Vida. Lágrimas en
las que veo caer mis sueños y estrellarse contra el suelo en un continuo baile
eterno que durará una noche y que existirá para siempre… Sueños que se
desvanecen en el viento… Las voces del aire me rodean, suspiro creador que
me envuelve en una danza sin fin y me eleva y me lleva hacia un mundo antiguo.
Murmullo de hojas agitadas por la dulce brisa que mueve mis cabellos. Danza del aire
que me envuelve en un momento sin espacio ni tiempo…”
Unos suaves golpecitos tras de mí me obligaron a abrir los ojos,
lastimados por las luces del alba. Cuando dirigí mi mirada hacia el interior mi
pequeña hija me sonreía tras el cristal, abrazando su osito preferido. Tras un
largo abrazo, la ayudé a vestirse y le preparé su taza de leche con cereales.
Mientras ella desayunaba fui al baño, las bolsas bajo mis ojos
develaban la pesadumbre que sentía en la profundidad de mi alma. No lo dudé,
tomé mi teléfono y llamé a la escuela dando parte de enferma, aunque me
descontaran el día, no podía estar frente a un curso en esas condiciones.
Me di una ducha rápida mientras mi hijita terminaba, busqué una
vieja remera, recuerdo de mi primer concierto en 2004, Good Charlotte se leía
bien grande en el frente mientras en la espalda, la letra de una vieja canción
describía mis sentimientos una vez más… S.O.S. “It’s anybody listening?... I can’t
make this on my own so I’m giving off myself, It’s anybody listening?”.
Trencé mi cabello, me calcé un jean y unas viejas zapatillas y
llevé a mi hijita al jardín. Volví caminando, sintiendo la suave brisa que
perduraba tras la tormenta en mi rostro. Creí haber escuchado mi nombre, pero
esa suave voz no fue capaz de arrancarme de mi letargo. Llegué a mi casa, me
saqué las zapatillas en la entrada, cambié mis jeans por el short de un pijama
y me recosté en la cama.
Una media hora habría pasado cuando escuché que llamaban a la
puerta, me mantuve en silencio, no estaba de humor para aguantar visitas, mucho
menos a esa hora y mucho menos de improviso. Pero la persona tras la puerta no
se rendía fácilmente; llamó una, dos, tres veces más antes que mi celular
sonara, delatándome, un mensaje decía: “Sam, soy Nath, estoy afuera, ¿podemos
hablar?” no pude hacer más que abrir la puerta, su rostro lucía entre aliviado
por verme bien y perturbado al ver mis fachas. Ni siquiera dije hola, bajé la
mirada y le hice una seña para que entrara.
-Son para vos- escuché mientras cerraba la puerta, al darme vuelta
noté que me extendía una caja enorme de chocolates, no pude evitar sonreír.
-Te agradezco todo esto, que hayas venido y el regalo, pero tenés
que volver a la escuela, van a descontarte el día si faltás- le dije
apresuradamente.
-¿Creés que un día de salario me importa más que verte bien?- dijo
mirándome fijamente a los ojos unos segundos antes de bajar su rostro, pensando
quizás si había sido diplomática esa frase. Sonreí levemente, de la mejor
manera que podía
–Ponete cómodo- le dije
mientras llenaba la pava con agua y la colocaba sobre el fuego.
Hablamos demasiado y de demasiadas cosas, nunca antes me había
abierto tanto con alguien, ni siquiera a Alex le había contado todo lo que
había sucedido en esos 5 años que habíamos estado alejadas. Él escuchaba
pacientemente, asintiendo con la cabeza, guardando silencio, dándome lo que mi
alma pedía a gritos a través de mi remera: comprensión y un hombro donde
llorar.
Cuando mi espíritu estuvo en calma él rompió el silencio
-¿Sabés?- dejó caer como si estuviera dudando si decir algo o
guardar silencio –creo entender en parte la forma en que te sentís-. Levanté mi
mirada hasta alcanzar sus ojos, ahora él se notaba cansado, hundiéndose en lo
profundo de sus memorias, recordando algo doloroso. Sus labios se despegaron
poco a poco y comenzó a contarme su historia…
Su madre había muerto en un accidente cuando él tenía apenas 11
años y su hermana 8. Nath había insistido en ir al conservatorio a pesar de la
fuerte tormenta y ella decidió acompañarlo. Un bache en el asfalto, un charco
de agua y un semáforo que cambió a verde compusieron la ecuación que la
alejaría para siempre. Ella era una mujer muy dulce, con duendes en los dedos a
la hora de tocar el piano y con una sonrisa capaz de acabar con el mayor de los
dolores. Tras su partida, su padre se
fue hundiendo más y más en la oscuridad, y así, poco a poco el dolor se
convirtió en locura, y la bebida en su único consuelo. Sólo sonreía al ver a su
hija, Ámber, quien era la viva imagen de su madre. Pero su semblante se teñía
de odio al mirar al niño que según él le había arrancado a su amada. Casi de
forma imperceptible comenzaron los malos tratos, y finalmente los golpes.
Cualquier docente sabe que un chico con problemas en la casa tiene
problemas en la escuela. Lo que en su caso se había convertido en un círculo
vicioso, el mal desempeño en la escuela enojaba más y más a su padre, y los
constantes malos tratos en su casa influían directamente en sus calificaciones
y en la relación con sus compañeros.
Poco a poco comenzó a ver la escuela como un escape, se inscribió
en todas las actividades extracurriculares que pudo y comenzó a pasar gran
parte del día en la biblioteca, estudiando. Cualquier cosa era mejor que estar
en su casa. Sus calificaciones mejoraron notablemente, y llevó orgulloso su
primer 10, pero nada era suficiente para un hombre perdido en su propio
sufrimiento y autocomplacencia. Mirándolo por sobre el hombro menospreció el
asunto, achacando que sacar buenas notas era su obligación, ya que la escuela
era su única responsabilidad.
Los años pasaban pero las cosas no mejoraban, cuando terminó el
secundario y contrario a los designios familiares empezó el profesorado, con la
firme intención de ayudar desde su lugar de docente a los chicos que se
encontraran en una situación como la que él vivía. Apenas tuvo el porcentaje de
materias necesario para ejercer, llevó su currículum al instituto donde había
estudiado y fue aceptado como profesor suplente, lo que le permitió comenzar a
ahorrar. Cuando uno de los profesores se jubiló, la directora no dudó en
llamarlo y así fue como, aún faltándole un año de carrera, obtuvo sus primeras
horas provisionales. No lo pensó dos veces, armó su maleta, alquiló un pequeño
departamento y junto a su hermana abandonaron la casa que tanto dolor les
causaba. Ella siguió visitando a su padre hasta que terminó el secundario y fue
a estudiar a La Plata, él nunca volvió a verlo.
El silencio inundó entonces la habitación, ambos con la mirada perdida
en el infinito. Nuestros ojos se volvieron a encontrar y nada pudo detener ese
abrazo contenido durante demasiado tiempo, las lágrimas comenzaron a aflorar. Y
nos mantuvimos así, uno en brazos del otro, en un instante detenido en el
tiempo, mientras la lluvia comenzaba nuevamente a caer.
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