Un estruendo se
escucha en la distancia y una explosión, esta vez más cercana, me obliga a
despertar de mi letargo –Corre al Templo- ordena mi padre. Tras un segundo de
duda lo hago, Nath, Alex, Cas, ¿estarán bien? No puedo quedarme acá escondida
¡tengo que hacer algo!. Salgo del Templo y corro hacia la casa, en un pasillo
encuentro a Desireé que me está buscando, me lleva al que había sido mi cuarto
y abre un pasadizo que nos lleva a otra habitación. Allí hay un baúl con ropa,
cambiamos nuestros vestidos por un traje de guerra y algo brilla en el fondo
del baúl al sacar la última prenda. Extiendo mi mano, embrujada por el
reluciente metal y saco una hermosa espada coronada por un rubí y un pentagrama
en la empuñadura, la imagen de una serpiente asciende grabada en la hoja
–Darok- pronuncian mis labios, Desi se vuelve hacia mí y con sorpresa exclama
–Es la espada de tu madre-.
Un nuevo
estruendo y un temblor nos obligan a apurarnos. Corremos hacia las murallas,
aún no han sido penetradas pero nuestras tropas están en clara desventaja. Nos
escabullimos hasta rodear la tropa enemiga -¿Qué hacen ustedes acá?- nos
susurra una voz no muy amistosa, al girar descubrimos a Castiel que nos mira
con cara de pocos amigos. Junto con Nath intentan derribar al comandante en
jefe, al tremebundo maquinador de toda esta miserable matanza sin sentido.
Nos acercamos
sigilosos, cuidándonos las espaldas unos a los otros. Los chicos avanzan contra
los guardias que protegen el carro imperial mientras Desi y yo vamos por el
comandante. Es un ser despreciable, bebiendo y festejando mientras afuera se
matan por su causa, parece un antiguo dios de la guerra, regocijándose con el
olor de la sangre. Al vernos ingresar al coche se sorprende y su guardia
personal se coloca delante suyo, el vil comandante dibuja entonces una mueca en
su cara -Dos “nenitas” creen que pueden vencer al más fiero guerrero- dice
mientras lanza una carcajada burlona. Su guardia personal nos ataca,
obligándonos en un golpe a abandonar el carro. Las habilidades con la espada de
Desi y mía parecen nulas al lado de tan poderoso guerrero, estamos exhaustas.
Desi ataca, él la aparta con un golpe de puño y cae al suelo, desarmada pero a
salvo. Castiel que se encontraba a punto de ingresar al carro se queda
paralizado, pero al ver que ella se encuentra bien sigue su tarea y va por el
comandante. El guardia lo ve entonces y camina hacia él. Me abalanzo sobre el
guerrero con mi espada en alto, él gira velozmente, esquiva el golpe y lanza
una estocada. Mi corazón parece detenerse, el tiempo corre más lento. Un grito
de furia sale del coche, Castiel con su espada manchada con la sangre del
comandante ataca al guerrero y lo decapita de sólo un golpe. Debería estar muerta, no estoy herida ¿cómo?
¡NO!
Nath yace en el
piso, con la espada del guerrero aún en su pecho, muriendo. La desesperación me
inunda, las lágrimas no me dejan ver bien –Nath, amor, por favor, resistí, todo
va a estar bien, vamos a ir con mi padre, él va a curarte, resistí amor mío,
por favor.- no puedo contenerme, su vida se escurre entre mis brazos. Me dedica
una mirada y sonríe tiernamente con las pocas fuerzas que le quedan, me
acaricia y me dice:
-No llores
pequeña mía, este no es el fin, solo otro camino. Vamos a encontrarnos de nuevo
y estaremos juntos para siempre, hasta el fin de los tiempos y en lo que venga
después.-
-¿Es una
promesa?- digo sollozando y con la poca fuerza que le queda me sonríe
-Una promesa de
amor-
Sus ojos se cierran
lentamente, su mano resbala de mi rostro hasta detenerse finalmente contra el
suelo, su respiración se corta, su corazón deja de latir, se ha ido.
La desesperación
y el dolor me inundan, esto no puede estar pasando, no puede ser real, no,
Nath, mi amor, mi único amor, mi salvador, mi fuerza, mi destino. Desi me toma
por los hombros, la aparto. No puedo soltarlo, no puedo dejarlo ir, quiero ir
con él…
No sé cuánto
tiempo hace que estoy corriendo, no sé dónde estoy, no me importa tampoco, sólo
quiero escapar, no hay vida para mí si no es a su lado, no puede estar pasando
esto, es mi culpa, él no está por mi causa, si tan sólo…
Mi rostro se
encuentra estrepitosamente contra el suelo, no tengo fuerzas para levantarme,
sólo quiero dejarme morir. Y me quedo allí, hundiéndome más y más en el dolor,
ahogando las lágrimas que caen una tras otra por mi rostro mientras lo apretó
más y más contra mis puños cerrados. Allí tirada entre la hierba que mueve el
viento, sola…
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